El archipiélago de Galápagos, ese remoto laboratorio natural que inspiró a Charles Darwin, vuelve a estar en el punto de mira. Las previsiones meteorológicas indican que la temperatura del mar subirá más de 2 grados durante la próxima temporada, un umbral que los científicos consideran «muy fuerte» y que podría desencadenar un fenómeno de El Niño con consecuencias devastadoras para su singular biodiversidad. Mientras tanto, la comunidad científica celebra avances esperanzadores en la recuperación de especies emblemáticas como las tortugas gigantes, aunque la flora endémica también reclama su protagonismo en la batalla por la supervivencia.
Pero Galápagos no es solo un escenario pasivo de amenazas; es también un lugar donde la evolución actúa a velocidad de vértigo. Un reciente estudio genómico ha sacado a la luz cómo las plantas del género Scalesia, conocidas como margaritas gigantes, desarrollaron sus formas adaptativas mediante caminos genéticos insospechados. Esta combinación de riesgos y hallazgos convierte al archipiélago en un enclave clave para entender la resiliencia de la vida en condiciones extremas.
Un fenómeno climático con nombre propio
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha proyectado que la temperatura del agua en el Pacífico ecuatorial estará aproximadamente 2,2 grados por encima de lo normal. Esto significa que el impacto de El Niño será significativo y afectará a toda la cadena trófica. Según Washington Tapia, director de Biodiversa Ecuador, el plancton, las algas y los peces pequeños que sirven de alimento a los grandes depredadores marinos prácticamente desaparecerán, dejando a especies como los pingüinos de Galápagos, los piqueros de patas azules, los cormoranes no voladores y los lobos marinos en una situación crítica.
Los expertos de la Fundación Charles Darwin advierten que este fenómeno podría reducir la población de vertebrados del archipiélago en al menos un 20% en solo un año. De hecho, el episodio de El Niño de 1998 dejó solo 400 de los 1.300 pingüinos que existían entonces. Para paliar estos efectos, ya se están organizando planes de emergencia que incluyen la recogida de semillas, la erradicación de plantas invasoras y la creación de viveros para preservar las especies más vulnerables.

Las tortugas gigantes, un símbolo de resiliencia
La historia de las tortugas gigantes de Galápagos es una de resistencia frente a la explotación humana. Desde el siglo XVI, piratas y balleneros las capturaron por cientos, aprovechando su capacidad de sobrevivir meses sin agua y alimento. Se estima que entre 100.000 y 200.000 ejemplares desaparecieron en solo dos siglos, y varias especies, como la de la isla Floreana, se extinguieron por completo. Sin embargo, en el año 2000, investigadores liderados por James Gibbs descubrieron en el volcán Wolf a unas tortugas con caparazones inusuales, bautizadas como «alienígenas», que resultaron ser descendientes del linaje de Floreana. Su reproducción en cautividad ha sido un éxito: el Centro de Crianza Fausto Llerena ha logrado producir 800 crías y liberar 158 ejemplares con dispositivos de rastreo satelital en febrero de 2026.
Este proyecto, financiado con recursos de la NASA, no solo busca recuperar la especie, sino también restaurar el papel ecológico de las tortugas como «ingenieras de los ecosistemas». Cada ejemplar dispersa miles de semillas tras digerir hasta 225 kilos de vegetación al año, y con sus 400 kilos de peso abren claros en la vegetación que benefician a otras especies. «Si ellas dispersan semillas, están ayudando a que otras especies se puedan alimentar», explica Cristian Sevilla, director de Ecosistemas del Parque Nacional Galápagos, mientras se trabaja para que las tortugas gigantes regresen a la isla Floreana.
La evolución de las margaritas gigantes
Mientras las tortugas protagonizan la recuperación faunística, un hallazgo reciente en el campo de la botánica ha revolucionado la comprensión de la evolución. Un consorcio internacional liderado por Vanessa Bieker y Michael Martin secuenció por primera vez el genoma completo del género Scalesia, un pariente del girasol que llegó a Galápagos hace menos de un millón de años y que hoy cuenta con 15 especies. El estudio, publicado en Nature Communications, revela que las hojas lobuladas y aserradas, que permiten a estas plantas disipar calor y resistir la sequía, evolucionaron de forma independiente en múltiples linajes, al activar genes diferentes dentro de la misma red de desarrollo foliar.
Este fenómeno de evolución paralela tiene implicaciones profundas para la conservación. Los análisis genéticos también muestran que muchas poblaciones aisladas en diferentes volcanes están en pleno proceso de especiación, aunque aún no hayan sido catalogadas como especies separadas. Heinke Jager, de la Fundación Charles Darwin, subraya que los últimos tres bosques de scalesia, dominados por árboles de hasta 20 metros, están amenazados por las fuertes lluvias de El Niño y las plantas invasoras como las zarzamoras. «Estas especies necesitan apoyo humano», afirma, y por eso los programas de conservación incluyen la protección de cada población local como una unidad irreemplazable.
Un esfuerzo conjunto por la conservación
La conservación de Galápagos es una carrera contrarreloj que requiere la colaboración entre gobiernos, organizaciones científicas y la población local. Gracias a estas alianzas, en 60 años se han criado en cautividad y liberado más de 9.000 tortugas gigantes, y se ha logrado erradicar especies invasoras como cabras, cerdos y burros, mientras se controla la amenaza de roedores y gatos. Además, la participación de buques de guerra de países como España en ejercicios internacionales como Galapex contribuye a la vigilancia marítima y a la lucha contra la pesca ilegal, protegiendo los recursos marinos de la región.
La lección que nos dejan las tortugas y las margaritas gigantes es que la naturaleza siempre encuentra la manera de sobrevivir, aunque necesite tiempo y ayuda. Como reflexiona James Gibbs, «crecen lentamente, pero son muy constantes y persistentes. Es como la fábula de la liebre y la tortuga: al final, la tortuga gana la carrera». Galápagos sigue siendo un símbolo de esperanza para la biodiversidad mundial, un lugar donde la ciencia y la cooperación demuestran que todavía es posible reparar parte del daño causado por el ser humano.
