Durante más de un siglo, unos fragmentos de hueso conservados en museos guardaron una información que parecía prácticamente imposible de recuperar. Pertenecían a tortugas gigantes que vivieron en las islas Galápagos y cuyo ADN había quedado reducido a pequeñas piezas dispersas por el paso del tiempo. Ahora, un equipo internacional ha conseguido extraer información evolutiva de ese material y confirmar la existencia de dos linajes extintos vinculados a San Cristóbal y Santa Fe. El trabajo, publicado en Proceedings of the Royal Society B, demuestra que un genoma extremadamente incompleto no tiene por qué convertirse en una muestra inútil para reconstruir el pasado de una especie.
La investigación se centró en cinco ejemplares históricos, algunos recogidos en 1906 por una expedición de la Academia de Ciencias de California. En Santa Fe, los restos eran tan escasos que se llegó a pensar que podían pertenecer a animales transportados por marineros. Los científicos extrajeron ADN de entre 50 y 100 miligramos de hueso seco y trabajaron bajo protocolos específicos para ADN antiguo. La profundidad media de secuenciación del genoma nuclear oscilaba entre 0,008 y 0,139 veces, con una proporción de ADN endógeno de entre el 0,7 % y el 11 %. Es decir, no había un genoma completo esperando a ser leído, sino fragmentos dispersos entre enormes espacios en blanco.
Una estrategia para leer lo que el tiempo dejó escrito
Los investigadores combinaron diferentes herramientas computacionales para aprovechar esas pequeñas cantidades de información sin recurrir a la imputación de genotipos, un procedimiento que intenta reconstruir datos ausentes utilizando grandes paneles genéticos de referencia. Ese recurso funciona especialmente bien en organismos muy estudiados, como los seres humanos, pero resulta mucho más difícil de aplicar en especies que carecen de cientos o miles de genomas de referencia. El equipo siguió otra vía: primero construyó un árbol filogenómico de referencia utilizando genomas de alta calidad de representantes actuales e históricos, y después empleó herramientas como EPA-ng para comprobar en qué ramas encajaban las muestras extremadamente degradadas.
Los resultados convergieron. Las tres muestras del San Cristóbal histórico formaron un grupo diferenciado de las tortugas que actualmente habitan la isla, mientras que las dos muestras ultradegradadas de Santa Fe fueron situadas en la rama relacionada con las tortugas de Española, aunque ocupando una posición propia. La interpretación conjunta respalda que las tortugas históricas de Santa Fe constituían una entidad evolutivamente diferenciada. El interés del trabajo va más allá de colocar correctamente unas tortugas desaparecidas en un árbol evolutivo: su método abre posibilidades para estudiar especímenes de museo que hasta ahora podían considerarse demasiado deteriorados para determinados análisis genómicos.

El insólito hallazgo en el volcán Wolf
La historia de las tortugas gigantes de Galápagos está marcada por una paradoja: aquello que durante millones de años les permitió sobrevivir en uno de los ambientes más extremos del planeta terminó convirtiéndose en una de las razones de su devastación. Su extraordinaria resistencia, su longevidad y su capacidad para pasar largos periodos sin agua ni alimento las transformaron en una especie especialmente valiosa para los navegantes que llegaron al archipiélago desde el siglo XVI. Los piratas y balleneros las capturaban por cientos, sabiendo que podían mantenerlas vivas en las bodegas durante meses. En apenas dos siglos, entre 100.000 y 200.000 tortugas desaparecieron como consecuencia de la explotación humana.
Una de las primeras víctimas fue la tortuga de Floreana, que desapareció alrededor de 1850. La isla era especialmente atractiva por la gran cantidad de tortugas que albergaba, su accesibilidad y sus condiciones climáticas. Aquellos animales tenían un caparazón con una pronunciada forma de ‘montura’, una adaptación que no se encuentra en ninguna otra región del planeta. Durante más de un siglo, los científicos asumieron que aquel linaje había quedado reducido a un recuerdo de la historia natural de las Galápagos. Pero en el año 2000, una expedición científica encabezada por James Gibbs llegó al volcán Wolf, en el norte de la isla Isabela, y encontró algo inesperado.
Entre las miles de tortugas nativas, los investigadores observaron algunos ejemplares con caparazones muy marcados y con forma de montura, características que no correspondían con las tortugas que se esperaba encontrar en aquella zona. Los investigadores comenzaron a llamarlas ‘tortugas alienígenas’ porque, en ese momento, no sabían exactamente qué eran. La respuesta llegó mediante la genética: las muestras de sangre enviadas a la Universidad de Yale demostraron que aquellos animales tenían diferencias genéticas respecto de las especies conocidas del volcán Wolf. Cuatro años después, nuevos estudios permitieron resolver el misterio: las supuestas ‘tortugas alienígenas’ tenían linaje de Floreana, la misma población que había desaparecido de esa isla aproximadamente 150 años antes.
De la incubación a la liberación: el regreso a Floreana
Los científicos manejan dos posibles explicaciones para la presencia de estas tortugas en el volcán Wolf. Una posibilidad es que fenómenos naturales, como fuertes lluvias capaces de generar corrientes y cañadas, hubieran contribuido a trasladar algunos animales. Pero la hipótesis que consideran más probable vuelve a involucrar a los seres humanos: los piratas y balleneros transportaban decenas o cientos de tortugas en sus barcos, y un accidente o la necesidad de aligerar peso pudieron provocar que algunos animales terminaran cerca del volcán. Lo que alguna vez pudo haber sido una decisión de los marineros para aligerar sus embarcaciones habría permitido, sin que ellos lo supieran, que parte del linaje de Floreana sobreviviera.
El rescate de esta historia genética no habría sido suficiente sin décadas de trabajo de conservación. El Centro de Crianza de Tortugas Terrestres Fausto Llerena trabaja desde 1965 en la protección y reproducción de estos animales. Después del hallazgo de las tortugas del volcán Wolf, 19 ejemplares fueron trasladados al centro para su cuidado y reproducción. El proceso comienza incluso antes de que nazcan: los huevos son identificados, marcados, pesados y colocados en incubadoras con diferentes temperaturas. En estas tortugas, la temperatura durante el desarrollo embrionario determina el sexo. Los huevos incubados aproximadamente a 29,5 grados Celsius producen hembras, mientras que aquellos que se mantienen alrededor de 28 grados producen machos.
Después de unos cuatro meses, las crías rompen el cascarón y permanecen durante su primer mes en cajas oscuras con humedad controlada, alimentándose exclusivamente de las reservas de su saco vitelino, conocido coloquialmente como ‘yemita’. Cuando transcurren aproximadamente 30 días, las pequeñas tortugas pasan a corrales donde comienzan a alimentarse de hojas picadas, conocidas por los cuidadores como ‘orejas de elefante’. Es una etapa particularmente delicada: las crías miden apenas entre ocho y nueve centímetros y todavía son vulnerables a numerosos depredadores.
La NASA y el futuro de las tortugas
El esfuerzo de recuperación dio un paso extraordinario en febrero de 2026, cuando 158 crías pertenecientes al linaje de las llamadas ‘tortugas alienígenas’ fueron liberadas en la isla de Floreana. No se trató simplemente de abrir los corrales y dejar que los animales comenzaran a caminar. Las tortugas fueron equipadas con dispositivos de rastreo satelital para que los científicos puedan seguir sus movimientos y estudiar tanto su adaptación al nuevo entorno como los efectos que tendrán sobre el ecosistema. Con recursos de la NASA, los investigadores identificaron las zonas que ofrecían mejores condiciones para liberar a los animales, incluyendo lugares en los que potencialmente podrán reproducirse en el futuro.
Las tortugas liberadas no son necesariamente ejemplares genéticamente puros de Floreana. Cristian Sevilla, director de Ecosistemas del Parque Nacional Galápagos, explica que se trata de animales híbridos, con una combinación genética procedente del linaje de Floreana y de especies nativas del área del volcán Wolf. Sin embargo, los investigadores creen que todavía podrían existir ejemplares puros de Floreana en las enormes extensiones del volcán. El hallazgo de individuos jóvenes con una composición genética de 50 % Floreana y 50 % de una especie local demuestra que, necesariamente, alguno de sus progenitores debió pertenecer al linaje puro. Eso mantiene abierta una posibilidad extraordinaria: que algunas de las tortugas originales transportadas por los balleneros hace más de un siglo sigan caminando por las laderas del volcán.
Ingenieras de los ecosistemas
La recuperación de las tortugas no es importante únicamente porque se trate de una especie emblemática. Estos animales cumplen una función fundamental en el ecosistema de las Galápagos. Jorge Carrión, director de Conservación de Galapagos Conservancy, las define como ‘ingenieras de los ecosistemas’ porque modifican físicamente el ambiente y contribuyen a mantener la diversidad vegetal. Una de sus funciones más importantes es la dispersión de semillas. Una tortuga gigante puede consumir hasta 225 kilogramos de vegetación al año. Su sistema digestivo tarda aproximadamente un mes en procesar lo que come, de modo que las semillas pueden ser expulsadas mucho tiempo después de haber sido ingeridas y a kilómetros del sitio donde la planta original crecía.
En algunos casos, además, las semillas necesitan pasar por el tracto digestivo de una tortuga para tener mejores posibilidades de germinar. Su enorme tamaño también modifica el paisaje: con ejemplares que pueden alcanzar hasta 400 kilogramos, las tortugas se desplazan entre la vegetación, la aplastan y abren espacios que posteriormente pueden ser utilizados por otras especies. Por eso, recuperar las poblaciones de tortugas significa también restaurar parte del funcionamiento natural de las islas. La conservación de las tortugas requiere algo más que reproducirlas en cautiverio: también es necesario garantizar que, cuando regresen a la naturaleza, encuentren un ecosistema capaz de sostenerlas. Los programas de conservación ya han logrado erradicar animales como cabras, cerdos y burros en distintas áreas, mientras continúan los esfuerzos para controlar a roedores y gatos, que representan una amenaza particularmente seria para huevos y crías.
Las Galápagos constituyen uno de los lugares con mayor nivel de endemismo del planeta. Cerca del 80 % de sus aves terrestres, el 97 % de sus reptiles y mamíferos terrestres, más del 30 % de sus plantas y más del 20 % de sus especies marinas son endémicos. Eso significa que una especie perdida en las Galápagos no puede ser reemplazada simplemente trasladando ejemplares desde otro lugar. Su aislamiento geográfico, a casi 1.000 kilómetros de la costa de Ecuador, permitió durante millones de años que sus especies evolucionaran de manera independiente de las continentales. Pero esa misma condición hace que cualquier alteración introducida por los seres humanos pueda tener consecuencias profundas.
El regreso de las tortugas de Floreana es uno de los ejemplos más llamativos de lo que puede conseguir la conservación cuando se mantiene durante décadas. Desde hace unos 60 años, los programas de reproducción y reintroducción han permitido criar y liberar en la naturaleza más de 9.000 tortugas gigantes. El trabajo combina ciencia, vigilancia, tecnología, participación de las comunidades locales y un esfuerzo cotidiano que comienza con el cuidado de un huevo y puede terminar con la liberación de un animal que vivirá durante décadas. Para quienes trabajan en los centros de crianza, el proceso tiene además una dimensión profundamente personal. Walter Chimborazo, asistente de campo de Galapagos Conservancy, vio nacer a algunas de las tortugas que ahora caminan libremente por Floreana. Las recuerda cuando eran tan pequeñas que cabían en la palma de una mano. Después de años de cuidarlas, verlas partir produce una mezcla de orgullo y tristeza. Pero justamente ese es el objetivo de la conservación: que llegue el día en que los animales ya no necesiten a sus cuidadores.
Las tortugas gigantes tienen una característica que resulta casi simbólica para esta historia. Crecen lentamente, pero pueden ser extraordinariamente constantes y resistentes. Para James Gibbs, su recuperación recuerda a la vieja fábula de la liebre y la tortuga: puede avanzar despacio, pero al final es capaz de ganar la carrera. La historia de las tortugas de Floreana demuestra que incluso cuando una especie parece haber desaparecido, la naturaleza puede guardar sorpresas durante generaciones. Algunas pudieron sobrevivir escondidas en un volcán, descendientes de animales que fueron transportados por humanos en circunstancias que nunca conoceremos por completo. Ahora, sus descendientes vuelven a caminar por la isla de la que desaparecieron hace más de un siglo. Y mientras lo hacen, no solo recuperan una especie: también comienzan a reconstruir una parte del ecosistema que durante generaciones había perdido a uno de sus principales arquitectos.